Scene 20: Sueño

Caleb


Un día soñé con un lobo blanco, él venia a verme cada noche, se sentaba a mis pies haciendo guardia, y desaparecía al amanecer. En mi sueño, sentí como pasaba el tiempo, cada noche el lobo blanco aparecía y huía al salir el sol.

Las estaciones del año pasaron rápido y en el segundo invierno, con las primeras nieves el lobo blanco desapareció. La tercera noche sin su presencia temí por mi vida. Salí al bosque en su busca entre la nieve, creyendo con todas mis fuerzas que lo encontraría y me salvaría, pero no lo encontré. La nieve me sepultó y morí. En ese momento me desperté sobresaltado, el corazón me latía fuerte y sentía como bombeaba más rápido de lo normal la sangre que recorría mi cuerpo. Noté que algo no iba bien, estaba cambiando, pero antes de darme cuenta de nada me desmayé.

Al despertar, mi cuerpo no era el mismo. Sentía que era yo, pero no era yo. El pelaje negro que me recubría había desaparecido, y en su lugar una suave y fina piel se dejaba ver. Intenté levantarme torpemente y correr hacia el río pero mis fuertes y ágiles patas se habían convertido en manos y pies. Llegué al río torpemente y vi mi reflejo, que ya no era mio, era el reflejo de un humano.

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Lilly: Nerd

Poquito a poco Lilly va tomando forma. Todavía tengo pendiente hacerle otra peluca y el make-up, pero le hice su primer modelo de ropa y me encanta el resultado (pendiente de mejorar).

Tal vez le pinte las “gafas” de blanco para que resalten más en su cara morenita.

Scene 20: Cacahuetes


Era sábado por la mañana temprano, en el tercer piso ya se oían pisadas correteando de un lado a otro.

-¡Venga Kal, vamos, levanta, ya es de día! ¡Venga Kal! ¡Date prisa!- decía el pequeño Tora mientras zarandeaba el cuerpo de su hermano mayor. -¡Vaamos Kal, o llegaremos tarde!

Caleb abrió un ojo, estaba despierto, como no estarlo con aquel alboroto. Inmovilizó al niño con una de sus grandes y fuertes manos para que lo dejara descansar un poco más, pero el pequeño estaba demasiado emocionado con su excursión que iba a ser imposible intentar que lo dejara dormir una hora más.

-Kal… venga… porfa… – insistió una vez más.

Su hermano se levantó desperezándose mientras Tora tiraba de él hacia la cocina, donde tenía el desayuno hecho de aquella manera. Ambos se sentaron a la mesa, Tora no articulaba palabra, estaba demasiado nervioso y emocionado, simplemente sonreía como un bobo mientras engullía las tostadas y la leche. Caleb lo miraba resignado pensando en el día que le iba a esperar con Tora eléctrico.

Salieron del edificio con sus bicis y pedalearon a través de la ciudad durante media hora hasta llegar a la puerta del zoo que aún no había abierto. Caleb lanzó a Tora una mirada acusadora pero al pequeño le dio igual. Tora estaba encantado con ir de excursión al zoo y nada se lo iba a fastidiar.

La noche anterior había preparado la mochila con diferentes snacks para disfrutar durante el día, incluso se acordó de coger una bolsa de cacahuetes para compartir con los gorilas. Abrió la mochila y ofreció a su hermano mayor una de las bolsas de comida que llevaba mientras esperaban a que el zoo abriera sus puertas.

Evol: Daisuke/Edward

Hoy los chicarrones de la casa cumplen años, llegaron juntos en 2009, y aunque Edward era una cabeza de regalo, pronto tomó forma y se quedó.

Y tanto que tomó forma, que en los últimos años no ha cambiado en absoluto, necesita algo de ropa, pero creo que tal cual está completo.

DaisukeEdward

Scene 20: Amigo

 


Cada mañana, en primavera y verano, Edward salía a la terraza dispuesto a regar sus queridas plantas. Entre ellas, los fresales, eran los que cuidaba con más esmero. Esperaba que las fresas crecieran brillantes y sanas para poder usarlas en la tarta que hacía Audrey, y que tanto le gustaba a Edward.

Una de las mañanas Edward se disponía a realizar la primera recolección de la temporada, pues las fresas el día anterior tenían una pinta deliciosa. Cuál fue su sorpresa que en el momento de cortar con las tijeras el primer fresón atisbó que le faltaba un pedacito. “Vaya, juraría que dejé suficiente agua para los pájaros” pensó. Cortó igualmente el fresón y lo dejó sobre la mesa. Al siguiente fresón le pasaba lo mismo, y al siguiente, y al siguiente. Todos parecían picados por los pájaros. Dejó todos los fresones en un platito sobre la mesa de la terraza para que los animalillos comieran en ellos y no picotearan el resto de fresones que quedaban por madurar.

Entró en casa decepcionado, quitándose el sombrero de paja que utilizaba para sus horas de jardinería. Audrey, estaba desconcertada, no entendía el estado de ánimo de Edward.

-¿Qué ocurre? ¿y las fresas?- Preguntó la chica.

-De momento no hay fresas- suspiró el chico pelirrojo.-se las han comido los pájaros.

-Vaya, espero que no se hayan empachado… si es que están tan deliciosas que no me extraña….-fantaseó la chica con los pajarillos regordetes y quejándose del dolor de tripa.- Creo que me quedan arándanos, no estará tan deliciosa como con tus fresas, pero ya que he empezado a cocinar… – Y la niña se puso manos a la obra.

Edward suspiraba viendo a través del cristal, observando las fresas picadas que dejara sobre la mesa de fuera. De repente, vio como uno de los fresones más grandes salía rodando despacito del montón de frutas. Se frotó los ojos, eran visiones, la fresa había parado, pero en unos segundos volvía a ponerse en movimiento, acariciando el canto de la mesa se volvió a detener. Edward se levantó corriendo hacia la fresa, cual fue su sorpresa al ver que un pequeño bichillo intentaba llevarse sus frutas. Lo sujetó con las yemas de sus dedos y lo puso a la altura de sus ojos. Parpadeó varias veces. El bichillo parecía una bolita de luz, sus cabellos blancos destellaban con la luz del sol, ensortijados.

-Así que tú has sido quien se ha estado comiendo mis fresas…-

En la cara del bichito se dibujó una sonrisa, entre tímida, avergonzada y unas gotas de travesura. Edward volvió a suspirar, la verdad es que no podía regañar a aquella cosita tan minúscula que parecía una persona.

-Mi nombre es Edward –le tendió un dedo a modo de saludo, que la pequeña personita tomo entre sus manos y estrechó, mientras tintineaba un sonido dulce de campanillas. –¿Qué te parece que te llamemos Ichigo?- la personita sonrió. –A partir de ahora seremos amigos.