Foto grupal

Cada vez me resulta más difícil sacarles una foto a todos juntos, es como intentar que en una foto un grupo de personas salgan todas bien, y con los ojos abiertos…

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Las pesadillas

 


Sonó el timbre y todos los alumnos salieron de sus aulas. Reira caminaba ensimismada en un libro de la asignatura que acabada de dar, cuando tropezó con algo.-Vaya, vaya… ¡a quien tenemos aquí!- esa voz… conocía esa voz. Reira alzó la vista y se encontró con los ojos oscuros de aquel chico. – Genial… tu otra vez – le respondió ella.- Quien nos diría que además de compartir edificio, compartiríamos facultad… – Daisuke le dijo de forma fanfarrona desquiciando aún más a Reira. – Que te parece si te llevo en coche a casa, tal vez puedas compensarme de alguna manera… – siguió Daisuke.- Que te parece si te pierdes y me dejas en paz – respondió ella dándole la espalda y alejándose de él. Salió de la universidad y se dirigió hacia la misma ruta que había tomado a la mañana. Caminó despacio, no tenía prisa, en realidad no le apetecía llegar a casa, pues nadie le esperaba  y se sentiría sola. – Tenía que haber aceptado… ¿pero qué dices?¿estás loca? Por muy sola que te sientas en esta ciudad, ese tipo no es buena compañía. –  se dijo a si misma.Siguió caminando escuchando música.

Aunque las clases habían empezado, aun se notaba un poquito de esa brisa cálida del verano. Era agradable caminar por el centro de la avenida, todo lleno de arboles que mecían sus hojas al son de la brisa. Se hizo el silencio y la oscuridad. Reira empezó a notar humedad en el ambiente,  escuchaba como caían gotas de agua en algún sitio. Sentía frio y se estremecía, ya no era ese calorcito agradable del final del estío. Recordó aquel lugar, ¿era posible estar soñando de nuevo?.  Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. Estaba en la cueva, otra vez en sus sueños, ¿pero como era posible?,  – juraría que estaba despierta. – por un lado se sintió aliviada, entendió que solo era un sueño, así que no tendría que ver todos los días al asiático pelirrojo en la facultad, pero por otro lado… se encontraba dentro de su pesadilla habitual. Estaba flotando en un tubo de agua, con cables insertados en todo su cuerpo.  Podía verse reflejada en el cristal, pero no era ella, se trataba de una niña, un cuerpo de una niña en el que su alma se encontraba encarcelada.

Al otro lado, podía ver extraños aparatos electrónicos y cientos de marañas de cables. Sabía que en unos instantes aparecerían aquellos seres extraños, accionarían algún botón del panel y sentiría ese dolor punzante en la cabeza, luego pasaría al pecho, al corazón…recorrería cada centímetro de aquel delicado cuerpecito. Sintió un dolor insoportable pero no pudo gritar, solo se despertó.- ¿Te encuentras bien? – le preguntó una chica que la estaba sujetando en el suelo. – creo… creo que si…- murmuró Reira. Sus ojos negros preocupados la seguían observando mientras le ayudaba a incorporarse. – Vaya susto me has dado – sonrió la chica. – deberías andarte con cuidado si tienes narcolepsia.- – ¿narcolepsia? si…tal vez, tal vez era eso, solo narcolepsia – Reira no estaba segura de que pensar. Desgraciadamente para ella, eso significaba que lo que ocurrió esta mañana era real, había asistido a su primer día de facultad y Daisuke, su vecino, había estropeado el final del día.

Inesperada llegada

 


En un barrio de Boston, Massachusetts, existe un edificio de 5 plantas, “Cherry-tree”. Su nuevo dueño el señor Edward Windflower, es un inglés que se trasladó a Boston tras la muerte de la hermana de su abuela, anterior dueña del edificio.

Edward se instaló en el duplex en el que vivía su tía-abuela. A pesar de sus convicciones tuvo que quedarse con el apartamento más grande ya que en su viaje al nuevo mundo, una pequeña rubia, malcriada, de ojos azules tomó la caprichosa decisión de seguirlo hasta el fin del mundo.
Ambos no tardaron mucho en instalarse y acostumbrarse a la nueva ciudad. Su apartamento era luminoso, tal y como le gustaba a Edward, de dos plantas, en la superior dos habitaciones comunicadas a un mismo baño, y este mismo comunicaba igualmente a un pasillo. Una tercera habitación, la que mas tarde sería de Edward, las acompañaba en la misma planta. En la parte inferior había una cocina enorme, unida a un comedor, que Audrey no dudo en decorar a su antojo. La parte del comedor daba a una terraza muy coqueta, con plantas y flores al más puro estilo inglés, perfecta para tomar el té de las 6:00.
Una mañana cualquiera, Audrey se encargaba del desayuno, su pasión: la repostería. El aroma de los bollos para el desayuno se podía apreciar en toda la manzana. Ella se disponía a sacarlos del horno cuando el timbre de la puerta sonó. Rápidamente dio un salto con una bandeja llena de bollería y una amplia sonrisa, abrió la puerta dando los buenos días.
– ¡Buenos días, llegas justo a tiempo para probar los bollos que acabo de sacar del horno! – pero pronto su cara se volvió del color de las fresas que cultivaba Edward en la terraza. – ¡Oh, disculpe! Creí que era otra persona.
Una chica de la misma estatura y edad que Audrey se mantenía en pie en la escalera con una maleta.
-¡Fantástico, una nueva inquilina! ¡Edward es para ti!- gritó alegremente – ¡Vaya, que maleducada! pasa por favor, y prueba uno de estos bollos, acabo de hacerlos y es una receta nueva – Audrey sonreía, era una chica muy alegre.
-Esto.. no.. yo..no… – Edward apareció detrás de Audrey con un delantal, quitándose los guantes llenos de tierra de las manos.
Observó a la chica detenidamente. Ella se parecía mucho a Audrey físicamente, pero parecía todo lo contrario en forma de ser, muy tímida y avergonzada, además su pelo era oscuro como el carbón. Vestía una ropa antigua, de la época del rococó por lo menos, raídas y algo sucias. La acompañaba una maleta vieja y algo grande, aunque no parecía que llevara nada dentro, ya que la chica la sostenía sin ninguna mueca de esfuerzo. La extraña se ruborizó.
-Por favor no te quedes en la puerta, pasa, pasa – dijo Audrey, y Edward asintió con una amable sonrisa.
Los tres pasaron a la cocina, mientras Audrey servía el té, Edward y la nueva chica se sentaron en la mesa.
-Mi nombre es Edward y soy el dueño del edificio. Tengo un par de apartamentos libres, muy económicos, si quieres después del té puedo mostrártelos, tienes aspecto de no haber desayunado hoy. – Y tal vez no hubiese probado un bocado decente en varios días.
-Yo..no…esto…estoy… buscando a mi hermana – musitó la chica
-¿Tu hermana? – se sorprendió Audrey – No tenía ni idea que Reira tuviera una hermana. Pero apenas os parecéis, bueno, supongo que no importa…- Audrey continuó hablando ella sola, inventándose una película sobre la chica del ático.
-No, no, te equivocas – le cortó la chica en medio del monólogo de Audrey. Esta pequeña repostera era demasiado entusiasta, y cuando empezaba con algo era muy difícil cortarla – ah, perdona, no – Audrey no la escuchaba, ella seguía con su película.
-Tienes que perdonarla – dijo en voz baja Edward, dirigiéndose a la nueva – cuando empieza no para – a Edward le parecía graciosa esa escena.
-Estoy buscando a Audrey Lauper, ella es mi hermana – dijo tímidamente. De repente la habitación se quedó en silencio.